Los pecados capitales
BALONCESTO

Los pecados capitales

Este fin de semana recibimos a Barakaldo, uno de los grandes aspirantes a meterse en los play-off de pelea por el título y con gente muy experimentada en grandes categorías del baloncesto español.

En la primera parte sacamos a relucir todos nuestros pecados. Poco movimiento de balón, tiros forzados por no generar opciones, egoísmo y pereza totales en defensa, en la cual no pudimos presionar a tope “porque me rompe”, y esa ayuda que debería venir de tus compañeros nunca llega.

En vez de que esa ira que estaba naciendo en nosotros nos pusiese las pilas para ponerle más intensidad cada vez y morder en defensa, lo pagamos entre nosotros. Malas caras, reproches, contestaciones, protestas cada vez que me voy al banquillo…

Después de dos parciales de 7-17 y 8-15 (15-32 en el conteo del marcador al descanso) nos fuimos a los vestuarios. Literalmente. No era momento de una bronca monumental ni de echarles cuatro gritos para ponerles las pilas; era momento de hablar, de calmarse; tomar una bocanada de aire y darse cuenta de que haciendo la guerra cada uno por su cuenta no vamos a ningún lado, que no pasa nada por perder un partido y sí por dar una imagen equivocada del grupo. Perder partidos no puede romper el ambiente en el que los propios jugadores han dicho que se sienten cómodos, nuevos y veteranos.

Salimos al campo y la cara del equipo, al menos vista desde dentro, fue otra. La defensa funcionaba mejor y en ataque igualamos en el tercer parcial la suma de los dos anteriores. Había más comunicación y menos gritos y logramos sacar una buena cantidad de faltas. El resultado final de 39-63 no fue tan abultado como podría haber sido de seguir como en la primera parte.

En cuanto a temas extradeportivos, y esto no lo volveré a hacer, solamente destacar que la actitud del principal para con ambos equipos fue vergonzosamente dispar. Una actuación así solamente empaña la merecida victoria de un equipo que estará en la lucha por la liga. Envalentonarse y contestar mal, o no contestar, cuando el que te reclama es un chavalín joven es muy sencillo pero… ¡ay de mí si me reclama un veterano! Entonces toda la soberbia se queda en un rincón, que para eso es un pecado capital.